Es un hecho
el que existen menos mujeres que hombres en cargos profesionales elevados. Esto
puede ser debido a la existencia de una menor proporción de mujeres preparadas
para llegar a esos cargos. Pero no es sólo este el motivo. En muchas ocasiones,
cuando la mujer tiene éxito en una profesión, dicha profesión pierde
automáticamente su prestigio. Eso sucedió hace años en Norteamérica, con la
enseñanza. Cuando los maestros de escuela eran hombres, la enseñanza era una
profesión muy bien considerada pero, cuando paso a ser ocupada por una
proporción importante de mujeres, perdió en gran parte su categoría. Lo mismo
ha sucedido con la Medicina en Rusia - y está sucediendo actualmente en nuestro
país.
En 1997 se
hizo un estudio en la Universidad de Barcelona sobre la entrada de la mujer en
el colectivo médico. Si hace 30 años el médico mujer era un hecho minoritario,
hoy sucede lo contrario y, entre los médicos menores de 30 años, el 66% son
mujeres. La entrada masiva de la mujer en la profesión médica ha coincidido con
un sistema sanitario mucho más complejo, más organizado y, fundamentalmente,
público. La mujer médico dedica más tiempo al estudio, hace más cursos de
postgrado, más formación continuada y se casa menos que los hombres médicos.
Comparativamente hay más solteras que entre sus colegas hombres no influyendo
en ello solo la edad sino también una mayor dedicación personal a la profesión.
A pesar de ello se encuentran en posiciones más marginales y su nivel de
acomodación profesional es bastante menor al de los hombres. Curiosamente
proceden de una clase social media – media, pero su posición actual comparada
con la de sus padres representa un menor ascenso y un mayor descenso social que
en el caso de los hombres. Por otro lado tienden a concentrarse en 4
especialidades (Pediatría, Ginecología, Anestesia y Medicina Interna) y suelen
trabajar como asalariadas, dedicándose a una sola actividad, con un mercado
individual liberal muy pequeño.
Se ha
pensado que el menor éxito profesional de la mujer tendría mucho que ver con
las motivaciones. El hombre se siente motivado por el éxito económico y por el
estatus social producido por el poder, que sigue siendo algo de tipo económico.
El hombre es más competitivo, quiere dirigir e imponer sus deseos, pelea por
ese éxito, por ese cargo, por ese poder, por ese contrato que le va a dar un
prestigio y un dinero, Considera al compañero como un competidor. El hombre se
mide a si mismo por el poder económico que consigue.
La mujer
ante todo quiere desarrollar sus capacidades, "realizarse" y se mide
a sí misma en función del sentimiento que le produce el sentirse
"realizada". Le preocupa menos el dinero. Quiere la independencia
económica y el conseguir una serie de cosas pero el dinero es sólo medio para
conseguirlas. A diferencia del hombre, para la mujer el dinero nunca es un fin
y, menos aún, el metro con el cual medirse.
Además el
hombre asume más riesgos a la hora de competir en el trabajo. La mujer se
encuentra más preocupada por la seguridad y arriesga menos. El hombre confía
más en su capacidad, se siente más seguro y queda mucho más satisfecho con su
realización que las mujeres. Sobre todo porque a las mujeres les falta
confianza en sí mismas. De cualquier manera, cada vez es mayor el número de
mujeres que arriesga más, que se propone metas altas a nivel laboral aún a
costa de perder mucho en el ámbito de lo personal o familiar ya que su
jerarquía de valores ha cambiado. No tiene como meta el casarse y tener hijos a
la vez que lo compatibiliza con su trabajo. Las mujeres menores de 30 años, en
una gran proporción, se proponen como primer valor, como la meta a conseguir,
el destacar en su profesión. Y arriesgan mucho en el intento.
El éxito
profesional es la meta que se propone todo varón que intenta ponerse unas metas
de superación personal. El hombre que se encuentra bajo una fuerte tensión
laboral o que está preocupado por sus objetivos laborales tiende, por sus
propias características masculinas, a concentrarse mucho en el objetivo a
conseguir y no suele manifestar demasiado sus pensamientos a los que le rodean.
Esto puede hacer que parezca ensimismado, poco preocupado por los problemas
familiares y domésticos, egoísta, indiferente frente a los problemas de los
demás. Cuando está cansado o deprimido precisa descansar y lo hace encerrándose
en su mundo, dándose un tiempo de descanso pero lo que no desea es dar
explicaciones, ni tampoco que otro venga a compartir su espacio o su tiempo. Su
descanso puede parecer pereza o desgana. Puede meterse en la cama o sentarse en
su sillón ante el televisor con el mando a distancia en la mano dispuesto a
hacer zaping o parapetarse tras el periódico que no consigue leer. Su
preocupación le obliga a dedicar mucho tiempo al trabajo mientras que descuida
sus funciones familiares y domésticas. Sigue siendo así aunque hace unos años
esa realidad era más intensa y generalizada: tenía poco tiempo para su mujer y
sus hijos y, menos aún, para el cuidado de su casa e incluso de sus propias
cosas personales. Hace años, la mujer sustituía esos déficits y conseguía que
marido, familia y hogar se mantuvieran estables.
Hoy, la
mujer quiere también el éxito y cifra este en conseguir objetivos propuestos
por los nuevos modelos femeninos. Le falta tiempo y posibilidades para alcanzar
el ser la superwoman que se propone con lo que ya no puede suplir los déficits
del hombre. La mujer hoy quiere tener éxito como esposa, como madre y como
trabajadora pero se queda corta en todo. Debe aceptar continuamente la
frustración si no quiere morir en el intento.
La mujer
puede dar mucho de sí misma pero si se le ocurre llevar la cuenta de lo que da
y espera la recompensa, posiblemente no llegue a encontrar jamás la
compensación que espera. El resultado puede ser un gran resentimiento. No podrá
evitar el estar resentida porque cree que da mucho y piensa que recibe poco.
Esto sucede mucho menos en el hombre.
Las
preocupaciones laborales de la mujer suelen agravar su nerviosismo y su estrés
porque el dedicar más tiempo al trabajo, incluso el dedicarle sus pensamientos
fuera del espacio laboral, le llevan a descuidar temas o a olvidar cosas
familiares ya que la preocupación impide la realización de diferentes faenas a
la vez. El resultado es que se siente culpable porque es consciente de que está
desatendiendo sus obligaciones familiares. En esas circunstancias puede tratar
de reprimir sus emociones y ser más racional y fría como forma defensiva. Si
esto sucede de forma mantenida durante mucho tiempo, puede llegar a perder el
control apareciendo los, tan temidos por el hombre, estallidos emocionales.
Puede tener un llanto incontrolado o un enfado sin motivo. Lo normal es que se
controle en el trabajo pero que el estallido aparezca en el ambiente familiar
lo que le hace sentir aún más culpable de los consiguientes problemas
conyugales y familiares. Si el marido no es capaz de darle el apoyo afectivo
que precisa ella acusa en grado extremo la falta de amor, o de respeto si se
llega al conflicto de pareja. Piensa que si no la quieren o respetan es porque
ha hecho algo malo y no merece el amor y el respeto del marido. Su primera
reacción será esforzarse más para conseguir esos objetivos. A menudo, éstos
sólo consiguen agobiar al hombre. Si el éxito en la relación conyugal no llega,
la frustración va cada día en aumento y la sensación de fracaso vital puede
llegar a ser altísima para la mujer. En esta situación, la coincidencia de
sentimientos afectivos con compañeros de trabajo “comprensivos” es el paso más
sencillo y frecuente cuando se llega a la ruptura matrimonial.
Parece que
con más mujeres en el poder, los derechos de las mujeres estarán mejor
defendidos pero ello no es así de forma automática. Muchas veces, cuando la
mujer alcanza un alto puesto laboral o político se siente excesivamente
orgullosa de su valer y desprecia al resto de las mujeres pensando que, si
otras no llegan es porque no valen o no se esfuerzan. Cuando la mujer triunfa
en una profesión en la que la gran mayoría son hombres, puede llegar a sentirse
más identificada con la forma de ser de sus compañeros que con otras mujeres,
llegando a desarrollar lo que se ha llamado el "síndrome de la Abeja Reina",
volviéndose despreciativa, e incluso hostil, hacia las mujeres que obtienen
menos éxito de lo que ella ha conseguido.
De
cualquier manera, no parece que las mujeres sean peores jefes que los hombres.
En general, el peor jefe que se puede tener es aquel que cuenta con un título
impresionante pero al que le falta poder real. En esos casos suele desahogar la
frustración que le produce la falta de autoridad en otras personas, más débiles
que ellos. Esto puede ocurrir cuando a la mujer se le da una autoridad nominal
pero no real.
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