Hemos
comprobado que la bondad está en las cosas; que no es una invención de la mente
o fruto del capricho de la voluntad. Sobre lo que es bueno o malo no caben
opiniones, a no ser por ignorancia de la realidad. Precisamente concluíamos que
existe un criterio objetivo: es bueno lo que acerca a Dios; es malo lo
contrario.
Porque Dios
es nuestro último fin, es decir, donde, en último extremo, se halla nuestra
perfección. De modo que en la medida en que podemos saber qué es lo que acerca
a Dios, podemos también saber qué es lo bueno.
Ahora bien,
una cosa es la bondad de "las cosas", y otra la bondad de los actos
humanos que inciden sobre las cosas o permanecen en el interior de nosotros
mismos. Esta última es la que nos ha de ocupar en este artículo; y es del mayor
interés, porque con nuestras acciones es como nos labramos la perfección
personal o la ruina.
La cuestión es: ¿cuándo son buenos los actos humanos? ¿qué
condiciones se requieren para poder calificar de moralmente buenos a nuestros
actos? ¿de qué depende su bondad? ¿cuándo nos acercan o separan del último fin,
que es Dios?
Lo primero
que hemos de tener en cuenta al examinar nuestra conducta en vistas a su
calificación moral es lo que hemos hecho, es decir, el "objeto" de
nuestro acto: ¿Es bueno ese objeto?, porque ya vimos que el bien es algo
objetivo, como "la propia ley divina, eterna, objetiva y universal, por la
que Dios gobierna el mundo universo y la comunidad humana" . Por eso se
dice
que
"el objeto es la primera fuente de moralidad". ¿Está conforme lo que
he hecho con la objetiva ley divina, natural o evangélica?.
Esta es la
primera pregunta necesaria; pero no sólo el objeto -lo que hacemos- es fuente
de moralidad. No basta la consideración del objeto para saber si un acto humano
es moralmente bueno o malo. Es más -enseña Juan Pablo II-"la moral -lo que
es moral- es cosa esencialmente íntima, interior", reside en la conciencia
y en la voluntad, que es donde, con sus actitudes y elecciones se expresa el
"hombre interior" .
Importancia
de la interioridad
El Papa
advierte que "lo moral" de nuestras obras tiene, como es obvio, una
dimensión exterior, digamos visible, apreciable desde fuera (pasear, comprar,
comer, trabajar), que está en relación con las normas objetivas de la conducta
humana (no robar, no atentar contra la vida propia o ajena, etc.). Sin embargo,
este hecho -la existencia de esta dimensión exterior- en nada modifica el hecho
precedente, a saber, que la moral es un asunto de conciencia y que sus
exigencias incumben a la interioridad del hombre.
"Cristo
enseñaba moral. El Evangelio y los demás textos del Nuevo Testamento lo
demuestran sin lugar a dudas". Sabemos que el Decálogo, o sea, los Diez
Mandamientos de la ley moral natural -indicados expresamente por Dios a
Moisés-, fue confirmado por el Evangelio.
Y recuerda
Juan Pablo II que, al enseñar la moral, Cristo tenía en cuenta estas dos
dimensiones: la exterior, o sea, visible, social e, incluso,
"pública" y la interior. Pero, conforme a la naturaleza misma de la
moral, de "lo que es moral", el Señor concedia importancia primordial
a la dimensión interior, a la rectitud de la conciencia humana y de la
voluntad, es decir, a lo que en términos bíblicos, se llama
"corazón".
En diversos
momentos y de diferentes maneras, Jesucristo enseñó que: "lo que sale de
la boca procede del corazón y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón
provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las
fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo
que contamina al hombre" : el mal que reside en el corazón, es decir, en
la conciencia y en la voluntad.
El Señor,
por tanto, indica lo que está mal, las obras que son malas - y en consecuencia
contaminan al hombre, lo dañan -, y que son externas, visibles. Pero indica
también donde se encuentra la causa, la raíz de esas obras que, en definitiva,
son una manifestación de lo que hay en el interior. Si se extirpara la mala
raíz no habría malos frutos. Gráficamente lo expresaba el Papa en su mensaje de
paz de 1984: "es el hombre quien mata y no su espada y sus misiles";
"la guerra nace del corazón del hombre".
Es lógico
pues que se afirme que de las dos dimensiones de la moralidad de los actos
humanos, la que posee importancia primordial sea la interior: la dimensión
"hacia adentro" del hombre. Además, "existen normas - dice Juan
Pablo II - que atañen de un modo directo a actos exclusivamente interiores.
Vemos ya en
el Decálogo dos mandamientos que empiezan por estas palabras: "No
desearás..." y "No codiciarás..." y que, por consiguiente no se
refieren a ningún acto exterior, sino sólo a una actitud interior, relativa, en
el primer caso, a 'la mujer de tu prójimo'; y, en el segundo, a 'los bienes
ajenos'.
Cristo lo
subraya con más fuerza todavía. Sus palabras pronunciadas en el monte de las
Bienaventuranzas, cuando llama 'adúltero de corazón' al que mira a una mujer
deseándola, fueron para mí - dice el Papa - punto de partida de largas
reflexiones sobre el carácter específico de la moral evangélica en esta
materia" .
Importancia
pues de la dimensión interior de "lo moral"; importancia de la interioridad,
de las intenciones, de las actitudes. "Pero - continúa Juan Pablo II- no
es eso todo. Sabemos que el Sermón de la montaña habla también de las buenas
obras, como la oración, la limosna, el ayuno, que el Padre ve en lo
oculto".
Que la
dimensión interior del acto humano tenga primordial importancia no quiere decir
que la exterior - "lo que se hace" - no afecte a la persona y no
tenga relevancia moral. La tiene, y mucha. "La ética católica no es sólo
un conjunto de normas, mandamientos y reglas de conducta" . No es sólo
eso, pero es también eso. Cristo tenía en cuenta las dos dimensiones del acto
humano; que son justamente dos dimensiones de un acto que es uno, aunque
complejo.
Por tanto,
una simple "moral de intenciones" o "de actitudes" que no
valorase el objeto, las obras en las que se plasman las actitudes e
intenciones, seria una moral mutilada y, por tanto, falsa, como un folio
rasgado por cualquiera de sus lados ya no es un folio. El folio tiene dos
dimensiones, largo y ancho; si lo rompo por cualquiera de las dos deja de ser
lo que era. Un plato o manjar exquisito, con ingredientes de primera calidad,
pero aderezado con unos gramitos de arsénico, todo él resulta mortal de
necesidad, aunque se haya elaborado con la "buena intención" de alimentar
al cliente.
Cualquier
cosa mala, por muy buena que sea la intención con que se haga, no deja de
causar el mal; y el acto humano que la realiza - compuesto de lo subjetivo y lo
objetivo - resulta enteramente malo y daña siempre a la persona.
En efecto,
el mismo Papa, que subyaraba la importancia de la dimensión interior de los
actos humanos, aclara que "no es suficiente tener la intención de obrar
rectamente para que nuestra acción sea objetivamente recta, es decir, conforme
a la ley moral. Se puede obrar con la intención de realizarse uno a sí mismo y
hacer crecer a los demás en humanidad; pero la intención no es suficiente para
que en realidad nuestra persona o la del otro se reconozca en su obrar" .
Hace falta, además, que lo que se quiere sea de verdad bueno.
La
libertad: condición de bondad moral
Juan Pablo
II sigue ahondando en la cuestión: "¿En qué consiste la bondad de la
conducta humana? Si prestamos atención a nuestra experiencia cotidiana, vemos
que, entre las diversas actividades en que se expresa nuestra persona, algunas
se verifican en nosotros, pero no son plenamente nuestras; mientras que otras
no sólo se verifican en nosotros, sino que son plenamente nuestras.
Son
aquellas actividades que nacen de nuestra libertad: actos de los que cada uno
de nosotros es autor en sentido propio y verdadero. Son, en una palabra, los
actos libres (...) La bondad es una cualidad de nuestra actuación libre. Es
decir, de esa actuación cuyo principio y causa es la persona; de lo cual, por
tanto, es responsable" .
No
significa esto que por el hecho de ser libre el acto humano sea moralmente
bueno, sino que la libertad es una de las condiciones varias de la bondad
moral. Una condición también importante, porque "mediante su actuación
libre, la persona humana se expresa a sf misma y al mismo tiempo se realiza a
sí misma" es decir, va realizando en sí misma un incremento de bondad, si
la conducta es moralmente buena; si fuera mala, el sentido de la libertad se
vería frustrado.
Importancia
de las obras
En efecto,
"la fe de la Iglesia fundada sobre la revelación divina, nos enseña que
cada uno de nosotros será juzgado según sus obras" . Son muchos, por
cierto, los momentos de la Sagrada Escritura en que se afirma que Dios
retribuirá a cada uno según sus obras; por ejemplo: Mt 5, 16; Apoc 2, 23; 22,
12; cfr. Rom 2, 6; Eccli 16, 15; 2 Tim 4; Sant 1, 21-25.
"Nótese
- indica el Papa - : es nuestra persona la que será juzgada de acuerdo con sus
obras. Por ello se comprende que en nuestras obras es la persona que se
expresa, se realiza y - por así decirlo - se plasma. Cada uno es responsable no
sólo de sus acciones libres, sino que, mediante tales acciones se hace
responsable de si mismo" .
No parece
que se pueda iluminar mejor la relevancia moral de lo objetivo, de las obras,
de los actos externos. Seremos juzgados por nuestras obras, porque ellas son
"criaturas" de nuestra libertad en las que nos hemos expresado y
forman parte de nosotros mismos.
"Es
necesario - insiste el Romano Pontífice - subrayar esta relación fundamental
entre el acto realizado y la persona que lo realiza". Nuestras obras
expresan siempre lo que somos o, al menos, algo de lo que somos; y con ellas no
sólo "hacemos cosas", "nos hacemos" también a nosotros
mismos: sabios o ignorantes, justos o injustos, prudentes o imprudentes,
lujuriosos o castos.
Pues bien,
"a la luz de esta profunda relación entre la persona y su actuación libre
podemos comprender en qué consiste la bondad de nuestros actos, es decir,
cuáles son esas obras buenas que Dios de antemano preparó para que en ellas
anduviésemos" (...). Cuando el acto realizado libremente es conforme al
ser de la persona, es bueno".
"La
persona está dotada de una verdad propia, de un orden intrínseco propio, de una
constitución propia. Cuando sus obras concuerdan con ese orden, con la
constitución propia de persona humana creada por Dios, son obras buenas, que
Dios preparó de antemano para que en ellas anduviésemos.
La bondad
de nuestra actuación dimana de una armonía profunda entre la persona y sus
actos, mientras, por el contrario, el mal moral denota una ruptura, una
profunda división entre la persona que actúa y sus acciones. El orden inscrito
en su ser, ese orden en que consiste su propio bien, no es ya respetado en y
por sus acciones. La persona no está ya en su verdad. El mal moral es
precisamente el mal de la persona como tal" .
Esa
ruptura, esa profunda división en el interior del hombre se produce siempre que
se obra mal, aunque sea con "buena intención", pensando que se obra
bien, porque es un hecho que entonces la persona no está obrando conforme a la
verdad de su ser.
Quiérase o
no, "la persona humana realiza la verdad de su ser en la acción recta,
mientras que, cuando actúa no rectamente, causa su propio mal, destruyendo el
orden de su propia ser. La verdadera y más profunda alienación del hombre
consiste en la acción moralmente mala: en ella la persona no pierde lo que
tiene, sino lo que es, se pierde a sf misma" .
Cuando es
moralmente mala, la acción exterioriza o manifiesta el ser personal de modo
monstruoso. Cabe decir de tal acción lo que dice Santo Tomás del error de la
mente: es "un parto monstruoso". Se ha engendrado un monstruo, un ser
deforme, que deforma y carcome el propio ser, por la íntima conexión entre la
persona y su obra.
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